¿Dónde estoy?

Me quisiste a bocajarro. Fue imposible no morir en el intento.
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9.10.12

¿Amigos?


Lo cierto es que nunca he tenido muchos amigos. Y sinceramente tampoco he conocido a mucha gente que los tuviera. Mi vejez ha ido de la mano con la mala suerte de ver morir a muchos de mis conocidos. Y si algo me ha enseñado esa experiencia, es que sólo tus verdaderos amigos acuden a tu funeral. Los demás se desentienden de ceremonias, lloros, consuelos incómodos y demás cosas que sólo soportaría alguien a quien de verdad le ha importado tu presencia a lo largo de los años. 
Lo malo para esas personas, al igual que para mí, es que nunca sabré quién vendrá a mi funeral.


1.10.12

Vacío


Me clavé una pequeña piedra en el pie al salir a la calle. Supe entonces que iba a ser un mal día. Acaricié la rojez del talón con mimo y me pregunté cómo algo tan imperceptible podía hacer tanto daño. Aunque bien pensado, es una pregunta que nos hacemos a diario, ¿no?
El barrio todavía dormía cuando me uní a su silencio. El sol perfilaba las sombras de los árboles sobre el asfalto y entre un recuerdo y un suspiro maldije que todo, absolutamente todo, me recordara a él. La luz naranja del amanecer encendió esa parte de mi mente que guardaba nuestros despertares: Los primeros rayos de sol irrumpiendo en la habitación, su forma de abrazarme mientras susurraba "buenos días". Y esas milésimas de segundo en las que el tiempo se enredaba en las sábanas para que pudiéramos entretenernos en nuestras caricias.
Otro suspiro.
Me acerqué al buzón con paciencia, a mi ritmo. Realmente no quería hacerlo y esa fuerza tiraba de mí hacia el interior de la casa. Pero finalmente lo hice. Lo abrí. Y...

Vacío.

Vacío otra vez. "¿Por qué no me llamas?" Le pregunté una vez en una de mis cartas. "Prefiero esto, es más romántico". Creo que fue la excusa más bonita que me han dado jamás. Pero en el fondo seguía siendo eso, una excusa. Una excusa con efecto anestésico. Me alejaba tan dulcemente que para cuando el cordón que nos mantenía unidos se rompiera por completo, yo ya estaría demasiado lejos de él como para reaccionar.

Entré en casa con el vacío del buzón incrustado en la conciencia. "Eres una tonta", repetía una voz dentro de mí. Yo intentaba acallarla con más excusas, pero no soy de las que se engaña tan fácilmente. O al menos ya no lo era.
Me senté en la mesa y reflexioné unos minutos junto a mi café, ya frío. Había desperdiciado tantos cafés a lo largo de aquellas dos semanas que seguir esperando una respuesta suya no me compensaba económicamente. Llegó entonces el momento de comprarme unos zapatos bonitos y dejar de clavarme las piedras del camino.

Rasgué la pluma con tanta impotencia como si le tuviera delante en ese instante:

"A veces creo que lo más triste de mi vida es darme cuenta de que los demás han aprendido a vivir sin mí. De alguna forma necesito que alguien dependa de mi ayuda, mi compañía o simplemente mi recuerdo. Saber que piensas en mí y te preguntas cómo serían las cosas si no hubieran tomado este rumbo seria suficiente. Pero eso no voy a saberlo jamás.
Algunas tardes, cuando vuelvo a casa en el autobús, me gusta imaginar que te veo por la calle. Que has vuelto por fin y me reconoces, me miras y yo te dedico la sonrisa más sincera que soy capaz de componer. Y entonces te hago ver que no estoy enfadada, que no hay rencor. Que, simplemente, te necesitaba.
Cuando era pequeña tuve un pájaro. Me gustaba abrirle la puerta de la jaula para que revoloteara por mi habitación y no se sintiera preso dentro de aquellos barrotes. Una de aquellas veces se me olvidó cerrar la ventana y salió volando por ella, hacia el cielo. Yo me senté en el alféizar durante días, esperando a que regresara. Mi padre me tomó entre sus brazos y me explicó que no volvería, que, por más que lo quisiera, se había marchado y yo tenía que aceptarlo. No quise creerle. "Me quiere", le decía, "como yo a él. Y encontrará la forma de volver". Pero, ¿sabes qué? Jamás lo hizo. Y tuve que entenderlo a través de mi propia decepción. Supongo que meterle una idea al corazón es complicado, y más cuando no quiere creerla.
Antes creía que tú eras ese pájaro.
Pero hoy, cuando la decepción ya me había abordado antes de abrir el buzón, me he dado cuenta de que ahora ese pájaro soy yo. Hace mucho tiempo que abandoné la esperanza y de verdad pensaba que algún día volvería, que tú la traerías de vuelta. Pero hoy por fin, como aquel día cuando sólo era una niña, he comprendido que jamás volverá. Que las cosas jamás volverán a ser como antes y no tiene sentido que siga esperando que ese sentimiento vuelva, a que mi yo de cuando nos conocimos regrese. Tengo que cerrar la ventana y aprender a vivir con ello. Y realmente temo no encontrar una forma de curar este dolor, ahora esa sensación me oprime la garganta. Pero no puedo seguir esperando. Porque aunque mi esperanza en ti se haya marchado, el sol volverá a salir mañana. Puede que vuelva a reencontrarme en cualquier esquina, en un cine, en el bar. Y entonces volveré a encontrar las fuerzas para sonreír. 

Sin ti".

La guardé en el sobre sin volverla a leer.
Tiré el café.
Salí a la calle a tomarme un chocolate en un bar. Y comprarme un pájaro a la vuelta.



Aprovecho esta entrada para informaros de que mi novela "Amor y hacer el amor en Londres" ya se encuentra a la venta en territorio español. Podréis encontrarla en las grandes superficies de las principales ciudades españolas, como Fnac o La Casa del Libro.
Estoy muy, muy ilusionada (:


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17.8.12

Notas en la nevera


Había magdalenas por todas partes. Encima de la cómoda, llenándolo todo de migajas bajo las sábanas de la cama, en bandejas sobre la encimera, en la mesita del café y rodando divertidas entre las patas de Caramelo. El gato las relamía goloso, llenándose de azúcar los bigotes, hundiendo el hocico con mimo en la esponjosa textura, como temiendo que pudieran terminarse en cualquier momento.
Hubo un tiempo en el que hacer magdalenas era lo único que conseguía relajarla en todo el mundo, más que los interminables baños de burbujas y los vaporosos cigarrillos sentada en la ventana. Romper los huevos, verter la cantidad justa de leche, chocolate, mantequilla... Amasar la mezcla mientras tarareaba una canción, cerrar los ojos e inspirar el aroma de la masa. Rebañar un poquito con el dedo y degustarla como si fuera un secreto, como si su madre fuera a aparecer en cualquier momento para decirle que eso no se hacía. Rellenar con cuidado los moldes, calentar el horno y mirar a través del cristal cómo el calor y la levadura las hacía crecer poco a poco. Cómo el olor a magdalenas caseras inundaba primero la cocina y luego la casa entera. Cómo Caramelo acudía sigiloso hasta los pies de su dueña y le suplicaba entre ronroneos y suaves caricias en las piernas que le diera un poco. Hubo un tiempo en el que sólo le permitía probar un trocito, "uno y no más", le decía "o si no te pondrás rechoncho". Pero ese tiempo, al igual que el tiempo en el que las magdalenas eran lo único que la relajaban en el mundo entero, había pasado.
El cielo se había convertido en un manto gris y la tristeza de noviembre se reflejaba en la tranquilidad del mar. Desde la ventana podía verse la playa desierta, las olas que besaban las comisuras de la costa. El frío seco que no llegaba a helarte pero te avisaba de que pronto llegarían las primeras nevadas.
Se ajustó la chaqueta de lana a los hombros y se sentó en el alféizar, perdiendo los pensamientos en el horizonte, intentando lanzarlos lejos con la esperanza de que alguna gaviota los cogiera al vuelo y se los llevara hasta el infinito. Toda la casa olía a magdalenas. Sólo se escuchaba la tranquilidad del mar y los juegos de Caramelo intentando quitar el envoltorio de los dulces.

- Podría empezar a tomar copas de vino. Y terminarme las botellas que se acumulan cada Navidad. -Le dijo a la nada, pero Caramelo levantó la cabeza y escuchó.-Empezar a pintar, paisajes no me faltan. Encerrar barcos en botellas de cristal o conocer a alguien por Internet. Cualquier cosa. Pero, ¿sabes? -Se levantó y cogió al animal que, en cierta parte molesto, lamentó que lo alejaran de su desayuno. -Tampoco creo que me sirviera. ¿Te acuerdas de las notas que me dejaba en la nevera? "Acuérdate de barrer las hojas del patio". Y aunque me fuera a ver la televisión o a holgazanear un poco, siempre que entraba en la cocina me acordaba de que tenía que barrer las hojas del patio. -Dejó a Caramelo sobre un taburete en la cocina y le quitó el envoltorio a una de las docenas de magdalenas que había repartidas por toda la cocina. Pellizcó en la masa y se la ofreció al minino con una media sonrisa. -Pues ahora me siento igual. Aunque haga magdalenas, aunque pase las horas en la ventana, aunque intente distraerme con cualquier cosa... Todo se va a la mierda cuando vuelvo a encontrarme con esa nota en mi cabeza 


"No puedes olvidarle".


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21.7.12

Él siempre había sido un poco de viento

- Pero, ¿volverás?

Fue la última pregunta que hice, no me atreví a preguntar nada más después de aquello. A una persona no puedes preguntarle si va a volver, es imposible que lo sepa. Si fuera un ave sabría que cuando el frío abandonara la ciudad regresaría para acurrucarse de nuevo a mi lado... Pero no era un ave, era él. Y él siempre había sido un poco de viento encerrado entre barrotes de carne y hueso. 
Al viento no puedes preguntarle si va a volver... Porque nunca lo hace. Puede que en raras ocasiones, cuando extrañe la forma en la que la luna ilumina la orilla del mar o cómo los colores del amanecer pintan sólo ciertas partes del mundo. Sólo cuando el viento realmente extraña algo, vuelve. Si no, lo has perdido para siempre.

Y él era igual.

Sabía que era absurdo intentar averiguar si algún día, quizá dentro de quince o veinte años, podría correr las cortinas al escuchar el motor de un Mustang y verle bajar del coche, con la misma sonrisa y un espíritu distinto. Porque cuando tienes el espíritu del viento tampoco puedes esperar ser el mismo eternamente, ni siquiera ser el mismo durante tres días seguidos. Porque los lugares y sus gentes te moldean, tu ansia de descubrir le da forma a tu espíritu y los pedazos de corazones que vas recogiendo por el camino te ayudan a mantener el tuyo unido. Yo esperaba que fuera fuerte el resto de su vida, porque el mío se lo llevaba al completo, dejando en mi pecho el hueco justo para que solamente pudiera encajar su ausencia en él. Y aunque la encajara, jamás la aceptaría.
Cuando le pregunté si volvería, algo en mi interior se negaba a escuchar la respuesta. Porque nadie se resiste a la libertad, es seductora como las piernas que se le abrirían por donde quiera que pasase. Dudo que ninguna mujer en el mundo pudiera resistirse a esos ojos marrones, yo no había encontrado forma de escapar de ellos. Y aquello me dolía tanto que agradecía en cierto modo que se llevara mi corazón para no tener que darle explicaciones de por qué iba a pasarme cada noche llorando y despertando cada mañana con una esperanza que marchitaría al ponerse el sol.

- Pero, ¿volverás?
Fue lo último que le pregunté... Y luego se marchó.

(¿te vienes? descubre más cosas visitándome aquí)

2.6.12

Y tus besos sólo saben a definición de diccionario

Quisimos ser invisibles a ojos del tiempo y la rutina nos encontró en medio de nuestro abrazo.
La partitura que tus caricias dejaron sobre mi piel se desgastó y su melodía me resulta tan pegajosa como el calor en estos días de verano. Construimos nuestro palacio de hielo a escondidas del sol, pero no pudimos escapar de los días que andan, los meses que corren, los años que pasan sin tregua. Y entre miradas y silencios monótonos nuestro palacio se derritió sin piedad, helándonos los pies.
Queríamos ser invisibles a ojos del tiempo... Queríamos ser los protagonistas de una historia que esquiva el final, queríamos huir de la monotonía, que el amor nos llevara lejos... Pero nos soltó de la mano. Y sin ese lazo que nos une no sabemos cómo encontrarnos en la oscuridad, cómo sorprendernos dentro de lo ya bien conocido, cómo avivar el fuego que consumido y enterrado ya no podemos ni encontrar.
Y no me atrevo a echarte la culpa sin primero culparme a mí. Y sé, cuando me miras sin verme, que a ti te ocurre lo mismo. Porque, ¿quién es el culpable de que los besos sólo sepan a definición de diccionario? ¿Quién tiene la culpa de que las noches se hayan convertido en el refugio de nuestros miedos y no de nuestra lujuria? ¿Quién es el culpable de las conversaciones sin sal y los dolores crónicos del alma? ¿Tú? ¿Yo? Pero sin duda ambos tenemos la culpa de seguir manteniendo en coma esta esperanza moribunda. Ambos somos culpables de la crueldad de fingir que esa chispa despertará cuando hace años que murió. Años desde que los abrazos sólo consiguen helarme más los huesos, años desde que mi conciencia me tortura al imaginar mi cuerpo en brazos de otros, años con el temor de que tú sientas lo mismo... Y ninguno tengamos el valor para desenchufar el cable que mantiene estas cenizas con vida.

Quisimos ser invisibles a ojos del tiempo... Y sólo conseguimos consumirlo más rápido.

8.5.12

Todavía


Todavía sigo escribiéndote. Te escondo en los párrafos donde sólo yo puedo encontrarte. Todavía al escuchar nuestra canción espero que regreses, que aparezcas a la salida del trabajo y me digas que nada ha cambiado. Que aunque todo sea distinto, tú y yo seguimos siendo los mismos.
Todavía estoy esperando que pase el tiempo, que los años nos consuman hasta que podamos volver a darnos cuenta de que nada ha terminado en realidad, que en nuestro libro faltaban capítulos y no podemos cerrarlo todavía.
Todavía te pienso, te sueño, te siento y me siento en las heridas que no terminan de curar. A pesar de que me dejases medio abandonada todavía espero que vuelvas a por mí, que me cojas de la mano y disipes esta sensación de desorientación, de estar perdida en mitad de un mundo sin ti.
Todavía pienso que nada fue perfecto, pero que lo recuperaría sin dudarlo. Todavía pienso que esto fue lo mejor, pero no lo acertado. Todavía pienso en qué pensarás tú y en el dinero que pagaría por entrar dentro de tu cabeza.

A veces pienso que todavía te amo.

Y luego me doy cuenta de que no. Que simplemente extraño tu presencia en los buenos momentos, que sólo tengo ojos para los recuerdos felices y que lo único que aun sigo amando fueron esos años de infinita felicidad que me regalaste. Que lo que he aprendido a amar es al fantasma de tu ausencia que todavía me ronda por las noches y en mis más oscuros momentos.
Todavía tengo dentro todo lo que me enseñaste a sentir, las puertas cerradas del mundo que me descubriste y al que no me atrevo a volver a entrar sin ti. Todavía siento las cenizas del amor que quemamos de tanto prenderlo... Escociéndome en las venas y abriéndose paso hacia mi cordura.

Todavía pienso en todo lo que perdimos. Y en todo lo que gané también.

Porque al fin y al cabo,
todavía no he aprendido a olvidarte.

pero no importa...

25.4.12

Cicatrices

Creo que sólo cuando una herida ha cicatrizado, puedes acariciarla. Si lo haces antes es molesto, escuece, duele y maldices una y un millón de veces el momento en el que te la hiciste. La quemazón de la carne abierta te recorre por dentro. Y sufres. Hasta en algunas ocasiones, cuando el dolor es increíblemente intenso, lloras. Lloras pensando por qué tuviste que hurgar en esa herida, quién te mandó meter el dedo dentro. Y piensas por qué diablos tuviste que hacerte daño, por qué tú. Quieres que cure pronto, sigues llorando. Pero que una herida cicatrice... Lleva su tiempo.
Y es entonces, cuando sólo queda esa cicatriz, la marca de que ese dolor algún día estuvo ahí, cuando puedes acariciarla con toda la paciencia del mundo. Deslizar las yemas de los dedos por su relieve e, incluso, sonreír. Sonreír sabiendo que ya no duele, que ya no te molesta recordar cómo te la hiciste, que apenas recuerdas cómo se sentían esas punzadas de dolor, esa quemazón por toda el alma. La agonía que suponía apenas rozar esa herida desaparece, se va, se borra para siempre. Dejando únicamente la prueba de que superaste ese dolor.

Creo que sólo cuando una herida ha cicatrizado, puedes acariciarla... Incluso si está en el corazón.


(lamento mi larga espera, la universidad me ha secuestrado).

8.2.12

Cappuccino

Son cosas que nadie más entiende, sentimientos unidos que sólo comprenden quienes comparten el amor por alguien que está a tu lado las 24 horas del día. Que te espera al llegar a casa, que depende de tus cuidados y tus mimos para seguir creciendo y viviendo en este mundo que quizá le apartó de su verdadero hogar, pero aun así, intentas que ese rincón que le has dado sea lo más parecido a un hogar seguro y cálido. Son detalles tontos que cobran importancia para ti dentro de esa atmósfera que os envuelve, pero que para los demás igual son estupideces sin valor alguno: Como que tu nombre se me ocurriera una tarde, sentada frente al ordenador bebiendo una taza de cappuccino o que me gustara arrimar la nariz a esa barrera de plástico que nos separaba mientras hacías pompitas.
Todo cuidado conlleva una carga, como tener que cambiarte el agua casi a diario o trocearte bien pequeñitos esos peces secos y malolientes para que pudieras comértelos fácilmente. Pero sarna con gusto no pica y si además de gusto, hay amor de por medio, volvería a cortar todos los peces muertos y malolientes del mundo con tal de que volvieras a asomar tu cabecita por encima del agua.
Volcarte tu pequeña isla para que pudieras nadar, ver tus patitas impulsándose a través del agua, moviendo tu delicado cuerpo para que pudieras sentir que una parte de ti seguía siendo libre. Verte abrir los ojos de par en par con la mirada fija en algún punto que te llamara la atención. O que te quedaras mirando conmigo la pantalla cuando vimos "500 días juntos" por primera vez, sé que te gustó. Y sé que volviste a mirar cuando la vi por segunda vez con él. Ahora esa película va a recordarme a tus grandes ojazos, a tu caparazón. Y a los días que ya no vamos a compartir más.
No sólo yo te lloro hoy, saltándoseme las lágrimas cada vez que entro en mi habitación o pienso que ya no voy a darte más las "buenas noches, corazón" o los "buenos días, bonita". Hoy él también está triste, triste porque ya no podrá jugar contigo con el lápiz cuando venga a casa, ya no podré reñirle para que te deje tranquila y no podré contar más, entre pequeñas risas "ahora cada vez que le ve, sale corriendo y huye". Lo siente tanto o más que yo. Ambos sentimos en el alma no haber podido hacer más por ti. Te extrañamos. Y te queremos muchísimo.
Hoy, donde estaba tu pequeña isla hay sólo un lazo negro. Hoy, donde estabas en mi corazón, sólo hay un vacío horrible.

Cappuccino.
11.12.11 - 8.2.12
R.I.P

Gracias por todo, pequeña. Por alegrarme con tus pequeños detalles. Por simplemente, estar ahí.
Te quiero.

1.2.12

Sólo por unos fajos de billetes

"Es por nosotros"
- ¿Cómo?
- Que si te ocurre algo.
- No, no... Estaba pensando en otra cosa, perdona.
"Tienes agallas, podrás hacerlo". Repetía su voz en mi cabeza, como una grabadora, como una puñetera grabadora atascada. No tenía agallas, llegado el momento me temblaban las piernas como a un flan. Cada bocado que se llevaba a la boca, cada mirada que me dedicaba... Lo sabía, él lo sabía y aquella noche era el final.
- ¿No cenas? -Me espetó.
- Sí, claro... No tengo mucho hambre. -Me llevé un bocado a la boca, casi con tanto miedo como él. Saboreé la carne entre mis labios, le di vueltas a desgana demasiado ocupada en pensar como para centrarme en la cena. Y entre mordisco y mordisco sólo seguía escuchando su voz en mi cabeza "tú piensa en el dinero, sólo piensa en la pasta y todo lo demás estará justificado".-Sí...
- ¿Has dicho algo?
- Nada, me he mordido... -Me acaricié la mejilla fingiendo dolor, aquella noche era la peor actriz de la historia.
- Te noto algo... Nerviosa.
Corté la carne sin levantar la vista del plato, "bebe, estúpido, bebe" me repetí en mi fuero interno, ansiosa por salir de aquella casa.
- No, para nada.
- Sí, lo estás. Y ambos sabemos por qué es... -Cogió la copa y todas mis energías se centraron en conseguir que diera un buen trago de vino.-Sé lo del otro.
- ¿Cómo? No sé de qué hablas. -"Bebe ya, joder".
- Claro que lo sabes. -Despacio, muy despacio, más despacio de lo que cualquier persona podía moverse, se llevó la copa a la boca e ingirió el líquido rojo sin apartar la vista de mis ojos, que continuaban clavados en el plato. "Le metes el veneno en la copa, se lo bebe, la palma. Y tú y yo empezamos de cero". Ese era el plan, simple. -Te acuestas con otro, lo sabe todo el barrio y encima pretendes hacerme creer que no ocurre nada... Karen, ¿qué nos ha pasado...? -Y entonces su voz cambió, mi conciencia murió de vieja, la sangre se congeló en mis manos. No hubieron gritos, no hubieron reproches. Sólo la melodía de su voz intentando suavizar el estruendo de la tormenta. -Mira... Podemos solucionarlo, ¿vale? Lo he estado pensando y... Karen... Te q...
- ¿Sí?
- Te qui...
Se llevó las manos al cuello, asaltado por la sorpresa.
- ¡¡No!! ¡No, espera! -Grité. La silla cayó tras de mí, me lancé hasta él ya tendido en el suelo, intentando respirar a través de su garganta hinchada. -¡Sam, Sam! ¡¡Reacciona!! ¡Perdóname, Dios, perdóname! ¡¡Ha sido un error!!
Sus ojos se abrieron hasta el límite, su rostro, que iba tornándose de un tono morado, avisaba de que la cuenta atrás terminaba. El veneno irrumpió en su sangre, el veneno que tras un par de horas se esfumaría, iba a dejar una huella eterna en mi recuerdo. Se agarró con fuerza a mi blusa suplicando por su vida, carraspeando, sin soltarse la garganta con la otra mano.
- ¡¡Aguanta, por favor!! -Le supliqué. Pero era a la parca a quien debía suplicar y ella, presente en aquel asesinato, no guardaba compasión para mí. 
Arrodillada en el suelo acudí impotente a la escena que estaba sucediéndose en el comedor de mi casa: Mi marido, que iba a estar dispuesto a perdonarme, se marchaba para siempre con un "te quiero" todavía colgando de los labios. Mi marido, que jamás hubiera llegado a pensar lo que mi retorcida mente había accedido a hacer, se marchaba con un sincero "te quiero" que me condenaba al infierno y me arrebataba lo que me quedaba de vida. Un "te quiero" que junto a él moría mientras que yo, cegada por el arrepentimiento, me había destinado al más cruel y frío de los futuros. Sólo por unos fajos de billetes.

Puedes ver mi página personal (actualizada) en: http://roxyvarlow.blogspot.com/
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14.12.11

El momentazo, el chispazo de mi vida.

Fumar en una estación de autobuses da la sensación de que esperas algo. Y si esperas algo, llega. Yo estoy esperando el momentazo de mi vida, el chispazo, la razón que desencadene todas mis respuestas y las haga libres. Después de perderle, beber durante un mes entero sin derramar una lágrima y que me dieran la patada en el trabajo, sólo me quedaba suplicarle al destino y recordarle que hay millones de personas más en el mundo a las que putear. 
Cuando se me acabó el alcohol recordé que hace dos años fumaba. Y me encendí un cigarrillo. Supongo que es el único recuerdo al que puedo volver sin arriesgarme a convertir mi corazón en un kamikace acabado.
Cuando la vida te ha enamorado, te ha follado y luego te ha abandonado en una habitación mugrienta de hotel sin volver a llamarte, sólo te llenan pensamientos de vacío y alguna madrugada, hasta de muerte. Pero luego recuerdas que aun hay momentos que no has vivido, zapatos que no te has comprado y esas listas que suele hacer patéticamente la gente antes de morir aun sabiendo que no cumplirán ni la mitad. Y entonces, triste y abandonada, te das otra oportunidad y vienes a la estación de autobuses a hacer como que esperas algo, a alguien o... Un milagro. Porque sabes que si no estuvieras aquí fumando, seguirías en tu habitación rodeada de botellas vacías y pensando en las mil y una formas en las que podrías morir sin sentir dolor, porque bastante es ya el que te embriaga en vida.
Aspiras. Cierras los ojos y llenas de humo todos esos recuerdos que se empeñan en seguir persiguiéndote, acosándote, dispuestos a volver a acorralarte en el pasado de tu mente donde violarán tu voluntad una y otra y otra vez. Por eso fumo, para escapar de los pozos en los que el alcohol sólo me ha enterrado. Por eso estoy aquí viendo los autobuses llegar, deseando en silencio que él baje de alguno y me invite a cenar, se arrepienta y todo vuelva a ser como antes, porque voy a dejarme una pasta en alcohol y tabaco y encima, he perdido el trabajo.
Pero nadie llega. Nadie se para a mirarme porque nadie sospecha que realmente no aguardo nada ni a nadie. Sólo estoy esperando el momentazo de mi vida, el chispazo, la razón, por más efímera que sea, que me anime a seguir consumiendo este cigarrillo antes de terminar de consumirme a mí misma.



Podéis preguntarme cuanto queráis en: http://www.formspring.me/roxyescritora
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10.10.11

No, espera, no arranques.

- Abróchate el cinturón, anda, que vienen curvas.
Hice caso a regañadientes y resoplé con fuerza para que pudiera escucharlo.
- ¿Puedo poner al menos algo de música? -Refunfuñé. Él asintió con la cabeza y le di al play a sabiendas de la canción que iba a sonar. Su gesto cambió cuando la melodía llenó el coche.
- Es inútil, déjalo. -Y paró la música.
- Quiero escucharla. -Volví a darle al play.
Me giré hacia la ventanilla y lloré en silencio cada una de las palabras que bañaban aquellos versos. Las estrofas se despedazaban en mi interior, mi corazón las desmenuzaba con tristeza y calma, relamiéndose en cada uno de los momentos que llegaban a mi recuerdo. Él mantenía la mirada fija en la carretera, impasible. Con las manos apretando el volante con más fuerza de la necesaria.
La canción seguía torturándonos en mitad de aquel silencio.
- Sé lo que estás pensando... -Dijo al fin.-Y no vale la pena volver a hablar de ello. Te dejaré en tu casa... Y se acabó, ¿de acuerdo?
- No te he pedido otra cosa. -Sentencié con dureza, pero por dentro me estaba derritiendo como un bloque de hielo al sol.
El camino se hizo interminable, agónico. Cada kilómetro se alargaba en una eternidad que no tenía pensado dejar de machacarme, al igual que sus ojos. Su mirada me atravesaba con facilidad esquivando mis súplicas. No iba a darme la oportunidad de despedirme y yo era tan estúpida que tampoco iba a pedírsela.
- Hemos llegado. -Frenó el coche y posó sus manos sobre las rodillas, nervioso, pero convencido.
- Gracias por traerme a casa.
- Era lo menos que podía hacer.
Hice ademán de salir del vehículo con la esperanza de que me detuviera y me besara una última vez. Pero por más que intenté alargar aquel momento, su intención de ignorarme con toda su indiferencia no iba a cambiar. Pegué un portazo y busqué sus ojos a través de la ventanilla, no era posible que fuera a marcharse sin más, con la frente alta y el pecho hinchado de orgullo. Pero lo hizo. Arrancó aquel estúpido trasto y se alejó carretera abajo con la música todavía sonando. Con mi esperanza todavía caliente, enganchada en el cinturón del copiloto.

Fotografías (nuevas imágenes de Londres): http://www.flickr.com/photos/roxyvarlow

25.9.11

Y todo el amor de París se fue con ella

París se difuminaba a través del cristal empañado. El ruido de los coches se amortizaba en el silencio de la habitación y las luces de los semáforos se fundían con el frío ambiente que golpeaba el ventanal.
- No tienes por qué irte si no quieres...
- Sabíamos que tarde o temprano tendría que marcharme. -Brooke separó su nariz de la ventana introduciéndose de lleno en la realidad que les envolvía dentro de aquellas cuatro paredes. Paul suspiró. -Quizá hubiera sido más sencillo no haber empezado esto jamás.
- Pero lo hicimos.
Brooke resopló recordando los encuentros en el café, las miradas que asomaban por encima de "Cumbres borrascosas" mientras fingía que leía y las miles de sonrisas que descubrió reflejadas en los labios de Paul. Las primeras palabras, el primer "déjame que te invite a una copa", los tonteos absurdos y la primera noche que cayó rendida entre vino y caricias sobre las sábanas de su ático en Montmartre.
- Esto no tiene futuro, Paul.
- No importa el futuro, es nuestro presente. -Las palabras del francés le escocían en el alma como la sal abierta  en las heridas.
- Tengo que regresar a Chicago, sabías que mi trabajo no me permitiría quedarme aquí eternamente. Y John...
- ¡Olvida a John!
- ¡Nunca me hubiera acostado contigo si John hubiera telefoneado aquella noche! -Gritó.-Como me prometió...
La mirada de Paul se desvaneció al ritmo de las confesiones de Brooke. ¿Qué había sido entonces para ella? ¿Una pausa cómica en el drama de su matrimonio? París empalideció a su alrededor.
Paul era rosas y bollería en la cama para desayunar. John discusiones y un futuro certero. Años de noviazgo, meses de matrimonio y una llama intentando sobrevivir en mitad de la tempestad. Pero en cualquier caso, sabía muy en su interior que aquello no estaba bien. Pese a todo John no merecía el engaño, compartir a su esposa secretamente con los labios de algún risueño francés.
- Paul, yo...
- Tranquila, no haces falta que digas nada.-Dijo con el corazón en una mano y el pomo de la puerta en la otra.-París seguirá siendo la ciudad del amor... Aunque tú decidas llevártelo contigo en la maleta.



4.9.11

Las flores chinas


[...]Entendí perfectamente cuáles eran sus intenciones. Quise hablar y decirle que quizá no fuera momento, que no sabía si él verdaderamente era la persona con la que quería compartir esa experiencia y que nuestra amistad se estropearía después de aquello para nunca volver a su forma habitual, tan simple y perfecta. Pero como cada vez que me besaba, cada vez que me acariciaba por debajo de la blusa… No supe decir que no. No supe sacar fuera todo lo que me oprimía por dentro. Y cuando quise darme cuenta, tenía el excitado cuerpo de Matthew encima del mío, rozándose contra mí rítmicamente.
Le dejé desnudarme sin poner resistencia y yo hice lo mismo con él para hacerle creer que estaba de acuerdo con aquello. Cuando todo mi cuerpo quedó visible ante su lasciva mirada, me sentí desprotegida y frágil. Yo era como la gacela herida y él el león que había encontrado su oportunidad.
No sentí nada.
Por más fuerte que cerrara los ojos o lo mucho que me repitiera que le quería, sentir su lengua sobre mi vientre o sus manos subiendo por mis muslos no me provocaba otra sensación que la de querer llorar y apartarlo de mí. Sólo en un momento fugaz, efímero y cálido me sentí segura y bien: Sólo cuando por un instante la imagen de Sophie se cruzó ante mis ojos sentí que podía llegar al cielo a través de ella. No sé por qué pensé en Sophie en aquel momento, pero su visión hizo que los pesados besos de Matthew me parecieran más dulces y sentidos.
Si ahora revivo aquel momento, me desconozco y me doy la espalda a mí misma. Me pregunto por qué no le dije que no aquella noche, por qué no le dije que no estaba preparada o que no quería perder mi virginidad con él. Creía que hacía lo correcto, creía que una chica tenía que hacer ese tipo de cosas por su novio, dejarse llevar y cumplir sus deseos para hacerle feliz. No sé qué hubiera ocurrido en el caso de negarme, si hubiera sido el centro de las burlas o hubiera tenido que recibir todas sus reprimendas. En aquel momento todos esos pensamientos me quitaban la respiración. Pero ahora, sinceramente, me hubiera importado lo más mínimo.[...]

Aquí os dejo un pequeño fragmento de mi segunda novela: "Las flores chinas".

22.5.11

Como los neones del barrio rojo al llegar el amanecer


La ciudad se quedó insípida cuando se marchó. Gris, fría, octogenaria. Los edificios desdoblaban sus formas y las calles se volvían tan interminables y pesadas que acabé por limitarme a contemplarlas a través de mi ventana. Todo parecía haberse congelado en mis lagrimales, ni siquiera la lluvia me animaba a seguir llorando como lo había estado haciendo hasta ahora. ¿Para qué? Lo único que conseguía era evitar con más frecuencia los espejos para dejar de ver a esa estúpida abandonada que iba perdiendo vida como los neones del barrio rojo al llegar el amanecer.
Me había quedado usada, follada y vacía en una habitación que odiaba, que sólo supuraba su nombre en cada esquina y que me recordaba lo grande que era cuando la habitaba yo sola. Pero al fin y al cabo eso era lo mejor, ¿no? Descomponerme en mi borrachera mental para luego poder arrancarme los pellejos del corazón, como una leprosa de tu amor que espera renovarse lenta y dolorosamente mientras tú viajas a mil kilómetros por hora rumbo a cualquier lado en el que no esté yo. Patética, sí. Pero con algo hay que consolarse si no quiero terminar ahorcada con las medias que me compré para aquella noche, y que jamás pude ponerme.
El día y la noche acabaron por confundirse en mis pupilas, resecas y enrojecidas. Total, ¿qué más daba ya dormir o despertar? ¿Salir o quedarse? ¿Disfrutar del sol o enamorarse de la luna? Todo resultaba terriblemente insulso, inerte y sin sentido. Para mí era lo mismo comerle la boca a una botella de cerveza que respirar bajo la ducha hasta sentir que me ahogaba. Todo era la misma mierda que hacía interminables mis días en aquella ciudad en pausa, donde todos parecían tener un motivo para respirar menos yo. Y hubiera dejado de hacerlo si no fuera porque, en mitad de alguna noche después de llorar hasta echar el bazo por la boca y desgarrarme la garganta preguntándome por qué, todavía esperaba que volvieras.


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18.5.11

Tú estás aprendiendo a ser un tirano y yo un flan.

- ¡Espera! ¡¡ESPERA!!
- ¿Qué?
- No quiero que me olvides tan rápido...
Clavó sus frías pupilas en mí y mi corazón se detuvo al instante. Congelado ante su mirada.
- ¿Prefieres que sea rápido y sin dolor o lento e insoportable...?
- No lo sé. -Sollocé.-No sé si quiero que te vayas, no sé si quiero olvidarte para siempre o quiero vivir con tu recuerdo, llorarle cada noche hasta destrozarme por dentro.
- Eres idiota. -Se dio la vuelta y la lluvia resbaló por su espalda trazando los caminos que él estaba dispuesto a recorrer sin mí. Me apresuré hasta donde se encontraba y le agarré de la mano.
- Tal vez sea una idiota, pero es porque estoy tremendamente enamorada de ti, hasta el cuello, ¿sabes? Me he vuelto idiota de soportar tanto, de recibir hasta en los huesos y de quererte hasta quedarme sin oxígeno, hasta no poder hablar por tener tu nombre atragantado en el esófago y tus manos férreas estrangulándome el alma. Y aun así, aun a pesar de todo eso... ¡No quiero que te vayas! -Sostuvo mi rostro entre sus manos y yo las acaricié con dulzura, arrastró las lágrimas y la lluvia que mojaban mis mejillas y sentí el calor volviendo a sus ojos, la serenidad tomando el control de su gesto.
- Te voy a querer siempre, preciosa...
- Y yo a ti... -Me desplomé sobre su pecho y sentí su abrazo rodeando mi cuerpo, tembloroso.
- Pero eso no es suficiente... Que estemos destinados a estar unidos no significa que tengamos que estar juntos... Me tengo que marchar. Mejor así. Rápido... Hasta que me olvides...
- ¡¡Jamás te olvidaré!! -Grité. Mi voz se unió a la tormenta y se impuso ante su indiferencia. ¿Cómo era capaz de hacer las maletas en mis narices y pretender que no intentara detenerlo? -¡Estoy jodidamente condenada a ti! ¿O es que no lo entiendes? Y por más que pase el tiempo, por más que los meses me carcoman y tu recuerdo se difumine, siempre voy a quererte... De una forma u otra. A veces con nostalgia, otras hasta desangrarme por dentro, otras con rabia, otras con desesperación... Pero siempre vas a estar ahí.
- Ódiame si así te será más fácil.
- No soy capaz.
- Entonces déjame odiarte a mí hasta que mi putrefacta actitud te haga despreciarme. Nunca voy a olvidarte, C. Nunca voy a amar a nadie como te amo a ti... Aunque a veces llegues a pensar que sí. Pero jamás lo haré. Siempre serás tú. La única.
Sus palabras cayeron a plomo en mi espalda hasta hacerme perder el equilibrio, hincando las rodillas en el suelo. No tuve fuerzas para pronunciar una sola palabra más, la lluvia me pesaba en los párpados y apenas podía levantar la vista del suelo. Observé su sombra alejarse a través del asfalto e intenté retener esa última conversación todo lo que pude dentro de mi cabeza, archivándola como la única prueba que me quedaba de nuestro amor, de que aquello sería eterno como nos prometimos. Que, aunque no volviésemos a vernos en lo que nos quedaba de vida, siempre existiría un rincón dentro de nosotros en el que volveríamos a encontrarnos. Volveríamos el uno al otro como siempre hacíamos, por peor que fueran las cosas. Porque así estaba escrito. Porque ese era nuestro destino.

¿Un juego de idiotas? Tal vez. Pero era nuestro juego.
Quiéreme... Si te atreves. Porque el tiempo no tiene la fuerza suficiente para aplacar algunos sentimientos. Porque, por más que los años pasen, el destino siempre encuentra la forma de unir a las personas.


Siento tanta subida de texto masiva xD Supongo que compensará por las semanas que estoy sin subir nada x) Gracias a todos por sacar siempre unos minutos de vuestro tiempo para mis palabras (:
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17.5.11

Y jamás pudo escapar de sus fantasías.

"Si yo fuera el sol y tú la luna dejaría sin luz al mundo sólo para poder estar siempre a tu lado". Esa era la frase que sin duda conseguiría enamorarla al instante. La había leído tantas veces que si las palabras fueran rocas, las olas de su insistencia las habrían desgastado hace años. Pero su soñadora esperanza era más fuerte que cualquier desengaño y cualquier príncipe azul que resultara ser una rana bajo un hechizo barato.
- No sé a qué esperas, pero seguro que ya se ha ido. -Levantó la vista para encontrar al dueño de esa voz que la había arrancado de sus fantasías. Como si la hubieran despertado del sueño justo en la mejor parte.
- ¿Perdona?
- Discúlpame si he sido muy brusco, llevo observándote aquí sentada desde hace horas y ya han pasado más de seis autobuses, seguro que has perdido el tuyo. -Y sin que ella le ofreciera asiento, se sentó en un extremo del banco.
- No esperaba al autobús. -Contestó tajante.
- Oh... Entonces discúlpame de nuevo. -El joven intruso sacó de su chaqueta un pequeño libro de bolsillo y sonrió antes de ocultarse tras sus páginas.
Los minutos corrieron entre ambos atrapándolos en un incómodo silencio que parecía irrompible.
- Esperaba despertar... -Confesó. Lo había visto, aquel hombre tenía entre sus manos el libro que tantas veces había devorado hambrienta por llenarse del amor que esperaba sentir algún día. El libro que contenía esa frase que seguramente sería la llave de su corazón.
- ¿Despertar?
- Sí... -Algo en su interior la golpeó como si le hubieran dado un martillazo, ¿qué hacía? Miró a los ojos de aquel extraño disculpándose en silencio por hablarle como si ya se conocieran, como si pudiera abrirse de par en par y contarle hasta el último miedo que se escondiera entre sus costillas. -Yo... Siempre sueño y... Creo que ya es hora de despertar. Tengo miedo de quedarme dormida en mi mente y no saber nunca más de lo que me rodea... De lo que es cierto.
- ¿Y qué sueñas?
- No lo sé...
- No te conozco... Jamás te había visto y que me parta un rayo si miento al decirte que seguramente esperaba encontrarme contigo algún día en algún lugar del mundo. Porque en cuanto te he descubierto sentada en este banco, algo dentro de mí me ha dicho que si yo fuera el sol... -Cerró el libro y miró con todas sus fuerzas los ojos vidriosos de aquella chica ausente que soñaba con despertar de sus sueños. Ella esperaba ansiosa con el pulso acelerado y las ganas locas por llorar. Pero antes de que pudiera terminar la frase, posó uno de sus finos dedos sobre sus labios impidiéndole seguir hablando. -¿Qué ocurre...?
- Sé lo que vas a decirme... Y significaría que estoy soñando, que esto no puede ser cierto y que sigo dormida en algún lugar de mi mente, esperando esa frase que nunca va a llegar. -Y sin dejar que aquel hombre que había venido desde el otro lado de la calle a rescatarla de sus dragones pudiera articular una sola palabra, se levantó del banco y caminó calle abajo hasta llegar lejos, más de lo que había pensado llegar jamás. Y es que tan perdida estaba entre el hechizo de su propia mente que el embrujo de aquella frase la había atrapado para siempre en una realidad que jamás conocería, que siempre sería ficticia dentro de sus retinas.


Infect me with your love and fill me with your poison.

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10.2.11

Le faltaban palabras para describirse

Podía resumirse en un suspiro y sin embargo le faltaban palabras para describirse. Cuando la veía sentada en la última fila me recordaba a esos pájaros de colores que cantan bajito encerrados en sus jaulas. Quizá si les dejasen volar alto la gente se maravillaría por sus plumas, pero allí encerrados pasaban desapercibidos. Ella era igual, atrapada en un sitio que mantenía su espíritu preso. 
Cuando dejó de venir a clase, el lugar que dejó vacío se quedó impregnado de algo especial, como cuando a la noche oscura le falta la estrella más brillante. Nunca hablé con ella, temía romper el silencio y herir su frágil alma, no era necesario mirarla demasiado para descubrir la delicadeza que la envolvía, como si sus finos dedos fueran a romperse cuando escribía o pasaba las hojas de los libros tras los que se ocultaba. No sabía cómo abordar su soledad, cómo romper ese halo que la mantenía alejada de todos nosotros y la apartaba a un rincón. En aquel sitio de la última fila.
Pero ahora creo que debí haberlo hecho, lo pensé desde que nos dijeron que no iba a volver más. No hizo falta preguntar nada para saber que se había ido para siempre, que quizá se había convertido en el pájaro que siempre fue y por fin era libre para desplegar las alas y mostrar toda la pureza que llevaba dentro. 
Nadie lloró. Entre los murmullos la mayoría se preguntó por su nombre, por el nombre de aquella chica de la última fila que nunca hablaba con nadie. Puede que el mes que viene ya nadie la recuerde, que ocupen su sitio y el hueco que dejó sea rellenado por otra persona. Pero yo sí recordaré siempre lo que pude haber hecho y no hice. Lo poco que habría hecho falta para hacer de su jaula un lugar menos triste.


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6.2.11

Las miserias de Le chat botté

Solíamos dejarnos caer por Le chat botté, un desgastado pub manchado con las depresiones y calamidades de sus parroquianos. Yo lo frecuentaba o, más bien, me dejaba arrastrar cuando la mierda apenas me dejaba respirar y caía en la profunda convicción de que acabaría en una bañera llena de pastillas si no me sacaban de casa.
Cuando los vasos llenos comenzaban a desfilar por delante de mis narices hacía lo imposible por olvidarme de lo que me rodeaba y pensar que sólo existíamos el alcohol y yo, aquella maravillosa droga que arrullaba mis pensamientos y los adormecía lenta y maliciosamente hasta hacerme perder el control de mis actos, el punto en el que abandonaba la realidad y me entregaba a mis miedos. Todo esto no sería tan malo si sólo ocurriera una vez al mes, dos a lo sumo. Pero las prostitutas que se congelaban la entrepierna en la puerta de Le chat botté y que conocían mi cara mejor de lo que cabía esperar delataban que mi vida se hundía a una velocidad de vértigo.
"¿Te arrepientes de tu vida?" Esa era sin duda la pregunta con la que esperaba encontrarme algún día después de despertar sobre la cama de algún hospital desconocido. Lo único que todavía estaba en el aire eran los labios que la pronunciarían. Mi madre, a más de cinco metros bajo tierra y con el recuerdo amoratado en mi memoria sin duda hubiera vuelto a dar su vida porque jamás se diera la situación y, mi padre, dudo que se viera en condiciones de levantarse del sofá sin tambalearse o vomitar toda la porquería que estaba acumulando durante estos años.
- Tío, vámonos ya.
Aquella era la señal que me decía que ya era suficiente autodestrucción por aquella noche, suficiente antes de entregarle mi consciencia a cualquier pesadilla que aguardara paciente una jornada más sobre la almohada. Pero sabía que no sería la última, no mientras los fantasmas deambularan sobre mi cabeza con sus pegajosos reproches y sus visiones de un futuro no muy lejano que pintaba oscuro y maloliente. No mientras volver a casa significara poner la música más alta de lo que mis gritos pudieran superar. No mientras Le chat botté se conociera mi cara y mi historia mejor que el espejo.


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10.1.11

O a ti te da demasiado miedo entenderlo

Me dijo que volvía a San Francisco. Yo no la creí porque siempre fuma cuando me miente. El cigarrillo le tiembla entre los labios y tiene que hacer equilibrismos para que no se le caiga cuando lo sostiene con los dedos. Me dijo que se largaba de aquella habitación porque ya no aguantaba más, porque aquella no era vida y ella quería ser actriz. ¿Actriz? "Cielo", estuve tentado de decirle varias veces, "del sitio del que vienes tú no cogen a las actrices. Para salir en la pantalla tienes que haber entrado en muchas camas".
Habíamos escuchado jazz aquella noche. Encendí el tocadiscos y puse una de las canciones que más me recordaban a ella. Podría haberle dicho que la quería, que lloraba como un niño cada vez que escuchaba aquella letra que me traía su recuerdo o que en el fondo tenía un corazón palpitante que sentía mucho más de lo que demostraba. Pero no lo hice. Como siempre, no lo hice. Dejé que la música llenara la habitación y nos dormimos sin ni siquiera pararnos un segundo a ver la Luna. Ya no hacemos esas cosas, todo eso es de recién enamorados que se creen fuerzas para comerse el mundo y el valor necesario para decirles a papá y mamá que se largan de casa en un Cadillac robado. Nosotros ya no hacíamos nada de aquello, tampoco la invitaba al cine ni la llevaba a bailar para que luciera los vestidos que jamás le regalé.
Aquella noche mientras dormía la abracé más fuerte que nunca. Antes de que las canciones se volvieran silencio la sostuve entre mis brazos como si se tratara de un ave que intenta escapar. Respiré cerca de su oído y quise pedirle que se quedara conmigo para siempre, que nos largásemos de esta ciudad y empezásemos una nueva vida.
Pero ahora, nada más abrir los ojos, te enciendes un puto cigarro y me dices que te largas a San Francisco. Como si yo fuera estúpido, como si no supiera que mientes. Lo que pasa, cariño, es que o yo ya no sé qué canciones ponerte para que entiendas que me muero por tus huesos o a ti te da demasiado miedo entenderlo.


También puedes leer el relato en: http://www.fotolog.com/roxyvarlow/44030410
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7.1.11

El invierno ha decidido quedarse un par de días más dentro de ti

Adoro las fotografías antiguas colgadas de paredes húmedas. Me gusta enamorarme de mi reflejo por las mañanas, darle una oportunidad y odiarlo al anochecer por haberme defraudado. Me tientan las ganas de golpear el cristal con el puño cerrado como hacen en las películas, que salten las esquirlas por todo el baño y me chorree sangre de la mano, empapándolo todo y goteándome en los dedos de los pies. Pero me da miedo. Me da miedo el dolor y me da miedo morir en el intento, por eso sólo me dedico una mirada de odio y finjo que me perdono la vida mientras un escalofrío me recorre el cuerpo por dentro.
A veces imagino que soy aire, no te diré que no. Imagino que no peso y que tampoco tengo por qué pensar, simplemente viajo a través de la ciudad buscando alguna bolsa de plástico con la que poder hacer el amor antes de helarle las manos a alguien que espera el autobús.
- Hey, ¿y ese frío? ¿Quién ha dejado la ventana abierta? -Grito. -Estás sola, estúpida. -Me contesto. -Y el invierno ha decidido quedarse un par de días más dentro de ti, no piensa pagarte el alquiler y tus latidos trabajan a media jornada. ¡A ver cómo te las apañas para sobrevivir!
Y desde mi cama escucho a mi reflejo burlarse de mí desde el espejo del baño, se burla porque sabe que no me atrevo a golpearle.
Adoro las fotografías antiguas colgadas de paredes húmedas. Me gusta el polvo en los muebles viejos y pasar el dedo por encima, llevándome todas las motas como si me llevara el tiempo conmigo, como si me impregnara de él. Me gusta aspirar fuertemente el olor de las cosas inmortales, de las cosas que sobreviven al olvido haciéndose un hueco entre la mugre, donde ni el aire puede entrar a hacerles el amor. Y entonces me pregunto cuánto tiempo llevarán sin sentir cariño, me acurruco sobre la mecedora y la hago bailar para que recuerde. Porque eso es lo que me gustaría que hicieran conmigo algún día... Cuando ya nadie me haga el amor, cuando esté llena de polvo y muriendo en algún rincón oscuro, me gustaría que me sacaran a bailar y me aireasen el corazón, pasasen el dedo por encima y se llevasen el polvo de los años.
Las fotografías ya no me cuentan nada. Las he borrado con las lágrimas, como borré tu voz de mi cabeza y tus caricias de mi piel. Ahora sólo tengo humedad en las paredes, invierno en el corazón y un espejo que se ríe de mí porque sabe que soy una cobarde.
Pero en realidad soy ridícula. ¿Quién sacaría a bailar a una silla rota?


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Siento tanto texto, siento no contestar comentarios. No sabéis lo que agradezco que sigáis leyendo aunque yo no conteste, simplemente tengo muchas ganas de escribir... Me pondré las pilas enseguida, lo prometo♥