¿Dónde estoy?

Me quisiste a bocajarro. Fue imposible no morir en el intento.
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13.12.10

Kay siempre me dejaba con la boca abierta II

- ¿Y bien? -Apremié a Kay.
- ¿Y bien, qué?
- ¡Tenías que acabar de contarme cómo cazar una estrella! -Kay se rascó la barbilla y miró al horizonte.
- Es cierto, no lo recordaba. -Se sentó a mi lado y se acercó tanto que el vello de sus brazos se enredó con el mío. -¿Por dónde íbamos?
- Por el jazufante.
- Pues cuando has montando uno y... -Señaló el cielo con su mano. -¿Las ves?
- Sí.
- Cuando se han agrupado y ya no tienen dónde esconderse, debes susurrarle al jazufante las palabras exactas para que te lleve hasta el cielo.
- ¿Y cuáles son? -Abrí los ojos como platos explorando el cielo que comenzaba a oscurecerse como si en cualquier momento fuera a ver un jazufante cruzando el horizonte.
- El día en el que montes uno, te las diré. -Sonrió maliciosa y continuó su relato bajo mi fulminante mirada.-Una vez surcas el firmamento y las estrellas salvajes huyen a tu alrededor, toda la tierra te parece la cabeza de un alfiler. El viento helado (porque allí arriba siempre hace frío) te pega en la cara y el brillo que emiten te ciega justo cuando estás a punto de cazar alguna. ¿Has visto estrellas fugaces, Sam?
- Alguna vez.
- Son estrellas que huyen. Estrellas perseguidas por jazufantes. Ellos las atrapan con sus trompas, ¿sabes? Y cuando lo han hecho vuelven a la tierra sin obedecer nada de lo que puedas decirles, sólo cazan una por noche.
- ¿Y qué fue de la tuya? -Me acerqué más a Kay mientras observaba cómo sus ojos se perdían en el infinito. Hacía frío y rozarme con su cuerpo me ayudaba a mantener el calor.
- Mi jazufante y yo conseguimos una estrella enana preciosa. -Sonrió mientras se abrazaba las rodillas, seguramente recordando el momento. -La llamé Morfeo y la guardé en una tetera bajo mi cama. Por las mañanas dormía tranquila, silenciosa. Pero por las noches invadía mi habitación de luz como si fuera el sol de mi propia galaxia. Son muy cariñosas cuando las tratas bien. Si les das tostadas con mantequilla y las acunas cuando no pueden dormir, te cuentan más secretos de los que puedes imaginar, Sam. Secretos sobre la vida, sobre los sueños que observan y sobre rincones del mundo que jamás creíste que pudieran existir...
Escuchaba fascinado las palabras de Kay, realmente tenía que ser fabuloso poder contar con la compañía de una estrella. Cuando calló, el silencio se coló entre las hojas de nuestro árbol y silbó dulcemente.
- ¿Me llevarás algún día a cazar una estrella...? -Pregunté tímidamente. Kay me dedicó una sonrisa y juntó su frente con la mía.
- Por supuesto.


Puedes leer un fragmento de mi nueva novela (Las flores chinas) en: http://roxyvarlow.blogspot.com/
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Y ver mis fotografías en: http://www.flickr.com/photos/roxyvarlow/

10.12.10

Kay siempre me dejaba con la boca abierta

- Oye, Kay...
- ¿Sí? -Permanecía tumbada sobre la hierba, a mi lado, distraída con una rama que masticaba sin ganas.
- ¿Crees que podrías alcanzar una estrella? -Sé que estos temas siempre captaban su atención, las conversaciones que se salían de lo ordinario o que se perdían entre el amazonas eran sus preferidas. Se incorporó a mi lado y se puso sus gafas de aviadora mientras me dedicaba una sonrisa traviesa.
- ¿Que si podría alcanzar una estrella? Sam... ¡Yo tuve una!
- ¿De veras?
- ¿Te mentiría yo? -Posó con indignación una mano sobre su pecho y yo negué fuertemente.-Claro que la tuve... -Cruzó los brazos tras su cabeza y volvió a recostarse en la hierba que ondulaba a nuestro alrededor, mecida por el viento.-Es la mejor mascota que puedes tener, ¿sabes?
- ¿Sí? -La idea de poder tener una estrella como mascota me fascinaba.
- Claro, pero eso una vez que logras cazarlas. Y... Es una tarea complicada y arriesgada.
- Dime, ¿y qué hay que hacer? -Me acerqué hasta Kay y la observé en el largo silencio que hizo para darle más misterio a su relato.
- Primero tienes que esperar a que se haga de noche, ¡sería absurdo cazarlas durante el día! Las condenadas son las mejores jugando al escondite a la luz del sol. Y entonces, cuando ya las tienes a todas visibles y agrupadas en manadas, tienes que montar un Jazufante salvaje.
- ¿Un qué?
- Vamos, Sam, ¡un Jazufante! ¡No me digas que no sabes lo que es!
- ¡Claro que lo sé! -Mentía, pero no quería parecer un ignorante delante de Kay.
- Pues bien, una vez has conseguido montar uno después de atraerlo hacia ti con fresas y zumo de pomelo, empieza la caza. Son los únicos que pueden volar hasta las estrellas, de modo que sin un Jazufante nunca podrás tener una, ¿lo entiendes?
- Ajá. -El silencio se hizo con las palabras de Kay que enmudecieron en mitad del atardecer.- ¿Y bien? ¡Continúa!
Elevó sus gafas de aviadora hasta posarlas sobre su frente y se puso de pie de un salto.
- Es tarde, pequeño Sam, tengo que volver a casa.
- Pero, ¿y las estrellas? ¿Cómo me hago con una después de montar al Jazufante? -Kay sonrió divertida mientras los últimos rayos del sol perfilaban su rostro. Sabía que me tendría en ascuas durante toda la noche y aquello le gustaba.

- Te lo contaré mañana.